lunes, 1 de marzo de 2010

De abogados y gitanos

Centro de Estudios Jurídicos / Por el Imperio del Derecho


“Entre gitanos no nos leemos la mano” reza un adagio popular que denota el cinismo de aquel que deja de lado toda barrera moral para declarar que sus artimañas son conocidas y no es posible engañarle.


El gremio de abogados goza infelizmente de una reputación que dista mucho de la honradez y moralidad deseable, a tal grado que algunos colegas hacen gala de citas populares como la referida, con tanta naturalidad que cuesta creer de alguien cuya profesión está basada en la Justicia.


Sin embargo, la abogacía encuentra su razón de ser en la necesidad de brindar soluciones justas y pacíficas a los distintos conflictos sociales. Es por eso que el abogado es a la sociedad lo que el médico al cuerpo: su papel es prevenir y curar problemas para alcanzar la convivencia armónica. He ahí la nobleza de la investidura de nuestra profesión.


Pero el problema reputacional del gremio obedece al efecto escandaloso de las acciones de unos pocos, que relega a un segundo plano el correcto proceder de otros muchos, que como caricia silenciosa se pierde sin pompa en la cotidianidad.


Ser abogado no es sinónimo de ser sinvergüenza. No todos los abogados somos gitanos. Negamos con ahínco esta y cualquier otra afirmación similar. Ser abogado conlleva vivir bajo el sentido omnipresente de la justicia. No obstante, también sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver. En palabras del Maestro Ángel Osorio: “(…) la profesión de abogado es la de más alambicado fundamento moral –si bien reconociendo que ese concepto está vulgarmente prostituido y que abogados mismos integran buena parte del vulgo corruptor por su conducta descuidada (…)”.


A aquellos que se identifican con lo ahora expuesto y compartan este sentimiento de redención, también cabe reprocharles su actitud pasiva frente al problema. Si los buenos abogados tomaran la iniciativa para hacer valer el Derecho y la Justicia en lugar de abandonarse a quejas silenciosas, la realidad fuese otra y el prestigio profesional tuviese el lugar que le corresponde.


Instituciones como la Federación Salvadoreña de Asociaciones de Abogados de El Salvador (FEDAES) urgen de profesionales éticos que velen por la unidad y la defensa del gremio para el desarrollo cada vez más amplio de la cultura jurídica del país y la elevación del prestigio del foro nacional. Sobre todo si tomamos en cuenta el papel preponderante de dicha institución en la organización y administración del proceso de elecciones para magistrados de la CSJ, consejeros del CNJ y la importancia para la consolidación del Estado de Derecho que tales sucesos representan.


La FEDAES enfrenta problemas graves de difícil solución práctica. Por ejemplo, no es apropiado que funcionarios tomen participación directa en aspectos que les corresponden a los abogados en el libre ejercicio porque tal situación provoca que en las asambleas generales y de juntas directivas, valiéndose de su calidad, estos doblen voluntades en las decisiones utilizando “acuerdos previos” bajo la manipulación irresponsable del sistema de votación y con estratagemas poco transparentes. Otra circunstancia preocupante es la existencia de asociaciones con dudosa legitimidad y representación en el sector profesional, las cuales se encuentran obstinadas en perseguir intereses personales y mezquinos, dejando de lado criterios de capacidad e idoneidad para el ejercicio de los cargos.


Situaciones como las descritas son repudiables y deben ser erradicadas. Pero esto no es posible sin la participación activa de todos los abogados que creen que nuestra profesión tiene un destino más alto y noble que el presente.


El CEJ invita a todos los juristas honestos a hacer frente común en la lucha por la reivindicación del gremio mediante la participación activa en las diferentes asociaciones y eventos electorales, a efectos de promover reformas que permitan liberar la FEDAES de las manos inescrupulosas que hoy la manipulan.

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